Posteado por: cibercapellania | agosto 8, 2012

Homenaje a las Misioneras de Jesús, Verbo y Víctima


José María Escandell

Ese es el momento más duro. El momento en que, mirándote fijamente a los ojos, te dicen “Gracias”. Te dan la mano y la mantienen un momento entre las suyas. Ese es el momento más sentido, cuando los sentimientos afloran de verdad. Te sientes realmente feliz porque ves lo agradecidas que están esas personas. Te sientes agradecido porque te dicen que rezarán por ti y sabes que es así, que lo harán. Ves los sinceros sentimientos de fe y amor que apreciamos en todas sus obras, y que te desean lo mejor. Desean que seas un buen sacerdote. Te sientes sobrecogido, triste, impotente, superado por las circunstancias: algo en ti te dice que quizá no vuelvas a verlas, y deseas ardientemente que no sea así, que puedas aprender con ellas un día más, que vuelvas a ver en sus rostros el Amor mismo de Jesucristo a los más pobres e indefensos. Solo verlas, tratar a esas personas, solo hablar con ellas te acerca a Dios.

Almudi.org - José María Escandell con las Misioneras de Jesús, Verbo y Víma
José María Escandell con las Misioneras de Jesús, Verbo y Víma

Me cuesta describir lo que sentí al despedirme de las Madres Misioneras de Jesús, Verbo y Víctima. Muchas emociones y sentimientos. Quizá lo más inteligente sería sentir agradecimiento. Agradecimiento por ti, por el trato que te han dispensado, y sobre todo agradecimiento por la labor que hacen por las almas de estas gentes alejadas del mundo, allí donde no hay sacerdote y donde solo ellas pueden dar testimonio de la Buena Noticia, de la alegría y felicidad de vivir al amparo y protección de la Virgen María y de Jesús. Todo esto te hace mirar atrás a través del cristal de la camioneta y ver a todos esos niños, a todas esas mujeres reunidas, y a las Madres, sonrientes como siempre, aunque esta vez sus bendiciones van acompañadas del dolor de la despedida.

Ahí los dejamos. A todos. Nosotros nos vamos hoy, día 17, primero a Unanue y después a España. Y aunque estuviéramos tres meses más, un año más, al final llegaría la parada “España” y nos iríamos. Ellas no. Ellas seguirán aquí un día, y otro, y otro. Para ellas no hay otra parada. Solo durante un tiempo alguien viene a ayudarlas, a darles un empujón. Pero seguirán aquí, volvamos o no volvamos. Por eso son grandes y santas, porque trabajan con el mismo Amor un día tras otro y un año tras otro. Únicamente dedicadas a servir a los demás. Esa es su vida.

Y al pensar esto me pregunto: ¿cuánta gente en España dedicaría toda su vida a ayudar a los demás? Significa trabajar movido por el amor, ante las dificultades, en medio de esta pobreza, toda su vida. Eso solo se entiende por Dios, y cuando uno trata con ellas se da cuenta de verdad siente esa paz interior que las llena, esa santidad, esa gracia.

“El día que repartimos juguetes para los niños que más vienen a la catequesis –me comentaba una de las Madres– soportamos insultos, quejas, críticas, murmuraciones Esta gente vive rodeada de gran pobreza, y por eso no quieren que el padrino de su hijo sea de aquí: temen que les quite un trozo de tierra, que exija parte de una herencia, que le tengan que hace regalos, “.

Y a esa gente que las insulta, que vive al límite de la supervivencia, que se animaliza bajo el yugo inclemente de la pobreza, a esa gente la siguen tratando las monjas. Siguen rezando por ellos, porque saben que algo más fuerte y poderoso –aquí en la tierra– les ha arrastrado a vivir así: el beneficio de unos pocos, que se han hecho ricos aprovechando las riquezas de su país, riquezas que no les pertenecen legítimamente a ellos sino a todos los peruanos. La gente a menudo se pregunta: “Si el Perú es rico, ¿por qué somos pobres los peruanos?”. Y en medio de este tétrico escenario las monjas se dedican con todo su amor a ayudarles, a preocuparse por ellos, a asistirles, a formarles.

Un servidor se hizo un esguince y le pusieron una inyección, le pusieron crema, le vendaron, le cambiaron, le trajeron un bastón, y le preguntaron mil veces si se sentía bien. También le rogaron: “Por favor, cuídese”. Y en el sentido momento de la despedida cogieron su mano entre las suyas y le dijeron “Gracias. Rezaré por usted”.

Pero antes de aquello ¡cuánto habían hecho! Habían preparado camas, comida, agua, todo. Habían reservado lo mejor que tenían para nosotros. Un compañero se puso enfermo y estuvieron una mañana entera pasando cada cinco minutos para preguntarle por su estado. Así son ellas.

Este es un pequeño homenaje a las Madres Misioneras del Jesús, Verbo y Víctima, con las que llevamos trabajando en la sierra en los tres años que hemos venido a Perú. Estos tres años no han dejado de sorprendernos con sus detalles de caridad, de bondad y de amor. Ellas merecen mucho más, pero el mayor reconocimiento, el mayor tesoro, lo están acumulando en el Cielo. Gracias.


Responses

  1. Estas si son unas verdaderas Santas silenciosas que sin hacer tanto ruido sirven al Señor a trves de los hnos mas necesitados del Paru, El gbno deberia ocuparse de la salud de estas Religiosas que son Mujeres luchadoras por el bienestar de peruanos hambrientos de Dios que es el alimento primordial ,por lo menos deberia darles un seguro de salud ,porque ellas sin ninguna remuneracion SIRVEN a los demas para hacernos ganar el cielo y tener el alma limpia para cdo nos llame el Señor.Ayudemoslas.


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